Genitalidad en conflicto. Pánico. Aislamiento. Intento de suicidio. Labioplastia.

Se trata de una paciente de 20 años, en tratamiento con tres psicofármacos, que cursaba aislamiento social y episodios de pánico. Vivía su situación en silencio, sin poder expresarlo en su entorno más cercano.

En la consulta decidió confiar su historia. Pidió ayuda. En ese espacio, entendimos que abordar su condición no era solo una cuestión anatómica, sino también una puerta posible hacia su bienestar. Me pidió que pudiera hablar con su madre —quería que supiera lo que le estaba pasando, pero no encontraba cómo hacerlo—. Ese mismo día, tomé ese rol.

A partir de ese primer paso, madre e hija pudieron encontrarse en la palabra. Se abrió un espacio de diálogo, de acompañamiento. Volvieron juntas a la consulta y, desde ese lugar, pudimos avanzar y planificar la intervención.

Antes de mostrar el resultado, quiero detenerme en el proceso.

Ningun caso puede ser analizado desde una mirada superficial ni juzgado desde afuera. Porque cuando una mujer padece su genitalidad, lo que está en juego no es solo lo físico. Es su calidad de vida, su salud emocional y su forma de habitarse. Y frente a eso, nuestro rol no es juzgar. Es informar, acompañar y ofrecer herramientas para sanar.

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